El otro día, el 2 de enero, agredieron –a base de bien, según tengo entendido- al compañero Carlos Ramiro.

Que ¿por qué? Muy sencillo, aunque incomprensible. Por varios motivos. Uno, que es periodista. Dos, que trabaja en la Cadena SER de Granada. Tres, que a algunos energúmenos –no digo a todos- no le gusta la presencia de los periodistas, y menos de medios de comunicación como la SER, en sus celebraciones.

Y es que el periodismo no es precisamente una profesión exenta de riesgos. El periodismo de verdad, me refiero, no el que se hace desde los sillones del “Sálvame”. Al periodismo de calle, al que ejercen cada día tantos y tantos compañeros y compañeras… El que tiene como única vocación la de informar libremente. Porque la información, el acceso a la información, ¿recordáis?, es un derecho. Es más, no se entienden los Estados de derecho, sin derecho a la información. Porque la información garantiza la libertad de pensamiento. ¿Qué sería de nosotros si ni tan siquiera fuéramos libres para pensar?

Decía que no es el periodismo una profesión que, podamos decir, no entrañe ciertos riegos. Cuando no es quedarte sin empleo, como parece que puede pasar con los compañeros del Público o Diario Jaén; es quedarte sin vida, como desgraciadamente ha ocurrido a los –parece ser- 81 periodistas asesinados en 2011 (46, confirmados; 35 están siendo investigados aún), según los datos ofrecidos por el Comité para la Protección de los Periodistas en su página web.

Pakistán es el país donde más casos se han registrado, con siete muertes, seguido por Irak y Libia, con cinco en cada uno. México, con tres, es el cuarto de los países en donde ser periodista es verdaderamente una jodienda.

Cuando estudié mi carrera, hace ya algún tiempo, lo hice por verdadera vocación. Y no sabéis cómo disfruté. Me lo pasé en grande. Aún hoy, cuando me siento a escribir estas líneas, o cuando escribo sobre exposiciones, o arte, o cultura, o sobre lo que me echen, me siento tranquila y me reconforta saber que tras unas páginas repletas de tinta, o, sencillamente, tras esta pantalla, solo se halla mi humilde y libre plumilla. Reconfortante, ¿verdad? Pero ¿podrá decir lo mismo Carlos Ramiro? No creo que este compañero, que lleva tantos y tantos años entregado a su profesión, pueda decir ahora lo mismo. No lo creo, de verdad. Como tampoco creo que puedan decirlo los familiares de los periodistas asesinados en el ejercicio de su profesión.

Por eso, todo mi respeto y admiración a la labor periodística. Que nada ni nadie silencie nuestra voz…

PD. Mucho ánimo también para la periodista Concha García Campoy, en su lucha contra la leucemia que padece.