Lo reconozco. Me gusta fumar. Y mucho. Pero miren ustedes, dejé de hacerlo hace algún tiempo. Es más, dejé de fumar hace algo más de un año, con la entrada en vigor de la famosa ley antitabaco del PSOE.

Soy una de esas personas a las que, bajo ningún concepto, les gustan los recortes de libertades. Pero he aquí que, ante la posibilidad de sentirme como una proscrita y una malhechora, preferí dejar el que se ha convertido en el casi –enfatizo, casi- el último de mis vicios. Tengo otros, pero son inconfensables.

Desde el mismo día en que apagué el último de mis cigarrillos, un Chesterfield a precio de oro, fui consciente de que ya nada sería lo mismo. Ni leer, ni escribir, ni pensar, ni alternar con los compañeros y compañeras en la puerta del trabajo, ni, sobre todo, tomar cervezas… ¿Cómo podría, a partir de ahora, apoyarme en la barra de un bar sin sostener un cigarrillo entre mis dedos e inhalar un humo que me sabía a gloria..?

Difícil, muy difícil, ¿verdad? Pues les digo ya que es posible. Sin reducir el consumo, sin hábitos de deshabituación tabáquica y sin, por supuesto, renunciar a las cervezas de los viernes, ni a las de los sábados, ni a las de los domingos, ejem, ejem… Sin renunciar, en definitiva, a esas cañas que tanto me gustan.

No me he prodigado nunca como una fumadora empedernida. Ni lo contrario. Desde luego que no. He sido sencillamente una fumadora que ha disfrutado con lo que hacía. Incluso cuando me sobrecogía el asma. O ese mal olor tan repugnante con el que te golpea todo tu ser el día siguiente a una juerga. ¿O no? O cuando pierdes el autobús y tienes que dar una minicarrerilla. Y te falta el alma, que no el aire, ¡el alma! Y, una vez más, te sorprende ¡el asma!

He fumado desde que tengo uso de razón. Y mucho. Me gustaba, sobre todo, fumar cuando decía estar en estados de nervios o de ansiedad o de una angustia incontrolada. Y ¿saben qué? ¡Pollas! O ¡Pollinas! Que, al final, los nervios son los mismos. Porque un cigarro no soluciona ningún problema. Claro que no… Un cigarro, como mucho, te acompaña en tu malestar. ¡Como si inhalando humo, pudieras arreglar algo! ¿No te jode? Y es  que un cigarrillo no tiene tan siquiera hombro en el que apoyarse…

En fin, que cambié el tabaco por unas buenas zapatillas de deporte, de las que también, algún otro día, les contaré una anécdota. Porque el deporte, como todo, también tiene sus riesgos.

Así que si, en sus propósitos para este año, está dejar de fumar, ¡ánimo! No es imposible, ni mucho menos… Y si, como yo, optan por calzar unas buenas Nike, ¡aténganse a las consecuencias!

¡Salud y buena suerte!