Padeleando se parece al gerundio “pedaleando”, pero, miren ustedes, es un gerundio mucho menos placentero. Padeleando es el estado de ansiedad al que me somete mi Raquel cada fin de semana desde que, como les conté, tuvimos la genial idea de dejar de fumar. Una recompensa, pensé yo, ingenua de mí… Padelear fue el compromiso que asumimos en una ocasión de vuelta de no sé qué viaje. Y, lo cierto, no sabía yo dónde me metía…

Desde entonces, la vida nunca ha sido la misma. Desde hace tiempo, he asumido que no es lo mismo tocar bola que tocarse las bolas. ¿Han visto ustedes la diferencia? Verán que  únicamente reside en ese “se”. Un “se” reflexivo, como reflexivo es esto que escribo y que, en este momento, no sé dónde nos llevará.

Es un “se” reflexivo, como les decía. Pero podía haber sido un “se” pasivo reflejo.  En el pádel, como en todo, hay dos actitudes que acompañan a los miembros de la pareja. La pasiva, o lo que viene a ser lo mismo, la que se toca las bolas –y volvemos al origen de la cuestión- o la refleja, que activa como nadie, no deja pasar bola…

En fin, desde que padeleo, tampoco las colas del súper volverán a ser lo mismo. Cualquier señora con pelo recogido y moño alzado esconde en el carro de la compra una pala, ávida de golpear una bola y no de sacar número, ¡todas quieren sacar partido! Y, oigan, ¡todas a mi –nuestra- costa! Cada sábado o cada domingo, pensamos, “ánimo,  Raqueles, a estas les ganamos”. Pero he aquí que las señoras de moño alzado, recién salidas del súper, mueven el culo que no veas. Y cada punto es una batalla que ni la de Lepanto. Que en el pádel, nadie es manco…

PD. Que se vayan preparando las de la liga de Alcorcón.