Mi paso por el periodismo cultural granadino, me ha deparado grandes y bellas sorpresas.

Primero, de la mano de un Juan Vellido, en mi siempre anhelado suplemento de Artes y Letras de Ideal. Para Juan, para mi querido Juan,  no puedo tener nada más que palabras de agradecimiento por su magisterio.

Segundo, en la Obra Social de CajaGRANADA, que me devolvió la oportunidad de dedicarme a un periodismo cultural y social que, creo, me corre por las venas.

En todo este tiempo, como les decía, he sido sorprendida en multitud de ocasiones. Y, hoy, he vivido uno de esos momentos que me han vuelto a demostrar que todo tu trabajo y dedicación merecen la pena.

Hace unos meses, tuvimos el lujo de disfrutar en la sala de exposiciones de CajaGRANADA en Puerta Real, del ARTE -fíjense bien, con mayúsculas- de una artista granadina, que ha echado raíces en el Mediterráneo.  Nos proponía, entonces, adentrarnos en un mágico viaje, a través de su luz y de su propia alma. Porque la obra de AMESA es capaz de iluminar cuanto le rodea. Y porque el alma de AMESA es ocre… como cuando la luz pasa de la tierra a los muros. Es añil y turquesa, como las aguas del Mediterráneo. Es infinita. Créanme.

Pretender “convertir en palabras, las pinturas de AMESA es dejar de sentir su obra, reducirla; ya que es una experiencia que merece ser vivida”. Y es verdad, se lo aseguro. Porque la obra de AMESA embriaga, como embriaga un atardecer en el Mediterráneo. Y sin palabras es como me ha dejado AMESA, a la que pueden encontrar en su estudio de Alfacar, con esta obra que, a partir de ahora, me acompañará siempre.