Archivos para el mes de: mayo, 2012

Ni la prima de riesgo, ni el Ibex 35, ni el temor a un posible rescate de España, ni las multitudinarias concentraciones conmemorativas del 15-M, privaron ayer a Madrid de disfrutar de un festivo y calurosísimo día de San Isidro, su patrón.

Me decía ayer mi amiga Greta, que pone gran entusiasmo en todo lo que me cuenta sobre esta ciudad y sus gentes, que a San Isidro Labrador, esposo de Santa María de la Cabeza, se le atribuyen varios milagros. Del Santo, cuenta la leyenda, se dice que, gracias a su oración, subieron las aguas de un pozo, al que había caído su hijo y, así, pudo rescatarlo. Y más, a San Isidro, se la atribuye el nada desdeñable milagro de hacer que, mientras rezaba, los Ángeles le ayudaran a arar el campo.

En fin, que yo, que no tenía ni idea de quién era San Isidro ni con qué alegría lo festejan y homenajean los madrileñ@s, ayer, acompañada de Greta y su marido Víctor –para los que nunca tendré suficientes palabras de agradecimiento- tuve ocasión de adentrarme en un castizo e histórico Madrid, muy distinto, a lo que  había conocido hasta el momento.

Anduve, como poco, sorprendida, por la Pradera de San Isidro, junto al Río Manzanares, donde numerosísimas familias disfrutaban de sus picnic, en las acogedoras sombras que ofrecía el terreno. Familias enteras de chulapos y chulapas, disfrutando de copiosas comidas sobre la hierba. Como se ha hecho siempre.  Con sus tortillas de patatas, con sus paellas, con sus chatos de vino, con sus barquillos y, como no podía ser de otra forma, con sus rosquillas de San Isidro. En fin, un gozo para los sentidos.

Ya adentrada la tarde, paseamos, por La Almudena, por el Palacio Real y por el Barrio de las Vistillas –donde se dejaban retratar alegremente simpáticos goyescos y goyescas- hasta llegar al Templo de Debod, un regalo de Egipto a España, en compensación por la ayuda española, tras el llamamiento internacional de la Unesco para salvar los templos de Nubia. Me cuentan mis amigos que, aunque nada tiene que ver con los del Albaicín, los atardeceres son impresionantes. Y, francamente, me lo creo…

Y dirán ustedes, a esta altura del post, que a qué se debe mi título. ¿Verdad? Pues, verán, en medio de nuestra aventura madrileña, y como manda la tradición, nos paramos a tomar unos vinos, acompañados de los mejores mejillones que he probado en mi vida, en el bar de La Paloma, en La Latina. Allí, tuve la fatídica idea de pedir un tinto de verano con Casera blanca ante una anodada y simpática camarera que va tranquilamente, me mira y me suelta “¿y de qué otro color es si no la Casera?”. Estupefacta es como me quedé yo ante aquella pregunta que nunca me había cuestionado y, ante la que, apenas, pude balbucear “pues amarilla, naranja y marrón”. “¿No?” Pregunté avergonzada… Jajajaja. En fin, aquí les lanzo esta reflexión para estos tiempos difíciles. ¿De qué color es la Casera?

Y me pregunto yo, ¿qué no  me quedará por aprender en este Madrid donde los peros de mi tierra, de toda la vida, son manzanas Golden y, cuando no, son “sin embargos”?

 

Pues sí que ha pasado tiempo. Cerca de dos meses. Los mismos dos meses que hace que llegué a Madrid.

No era mi intención dejar pasar tanto tiempo sin actualizar este blog que me trae dCabeza, pero entre el período de adaptación –como lo llaman ahora y que aún no ha finalizado-, la búsqueda de vivienda en Madrid, las idas y venidas a mi añorada Granada y otros pormenores que les contaré otro día, pues no he tenido tiempo.

Lo cierto es que el tiempo pasa, fíjense, ¡dos meses! Y lo hace de una manera tan rauda, tan feroz,  tan abrumadora… Ya llevamos dos meses, con sus ocho semanas, en Madrid y parece que fue ayer que empezábamos a hacer la maleta. “Del ínclito Madrid al cielo”.

En fin, sigamos hablando del paso del tiempo, que me lío, y no es cuestión.  ¿No les da la sensación de que hay personas por las que parece no haber pasado un año, ni un mes, ni un día, ni tan siquiera un segundo, en los últimos tiempos? He aquí el caso de mi muy querida Raquel, que ¡hoy cumple años!

No diremos la edad, no solo porque es una indiscreción sino porque, aunque se la dijera, no se lo creerían. Y es que Raquel es una de esas personas que conservan la inocente mirada y  el alma pura de una niña –me van a permitir el tópico, que no el típico-. Cada vez que sonríe, que es siempre, es un regalo para la humanidad, se lo aseguro… Y, dirán, “claro, ¿qué va a decir Raquel, la otra Raquel, o sea, yo..?” Pues nada más que la verdad. Porque conocer a  Raquel es uno de esos lujos que me ha brindado la vida. Así que, compañera de fatigas, ¡muchas, pero que muchas, felicidades!

Créanme desde ya. Estoy segura de que, cuando Raquel lea esto, un rojo fosforescente aparecerá en su cara. Sentirá una de esas vergüenzas incontrolables. Querrá que la tierra la trague. ¡Espero que no me maldiga! Jajajajaja –me hace gracia imaginar qué estará pensando-. Pero es que no podía dejar pasar este día, 9 de mayo de 2012 (nada más y nada menos que el Día de Europa –ejem-) sin hacerle un regalo, incluso en la distancia… Ella, artífice de este blog, siempre recibe mis palabras como un don –dice-. Pues ¿qué mejor forma de felicitarla que con el verbo? ¿No les parece?

Y otro día, y se lo digo de verdad, les hablaré de lo que, para mí, significa la palabra…