Pues sí que ha pasado tiempo. Cerca de dos meses. Los mismos dos meses que hace que llegué a Madrid.

No era mi intención dejar pasar tanto tiempo sin actualizar este blog que me trae dCabeza, pero entre el período de adaptación –como lo llaman ahora y que aún no ha finalizado-, la búsqueda de vivienda en Madrid, las idas y venidas a mi añorada Granada y otros pormenores que les contaré otro día, pues no he tenido tiempo.

Lo cierto es que el tiempo pasa, fíjense, ¡dos meses! Y lo hace de una manera tan rauda, tan feroz,  tan abrumadora… Ya llevamos dos meses, con sus ocho semanas, en Madrid y parece que fue ayer que empezábamos a hacer la maleta. “Del ínclito Madrid al cielo”.

En fin, sigamos hablando del paso del tiempo, que me lío, y no es cuestión.  ¿No les da la sensación de que hay personas por las que parece no haber pasado un año, ni un mes, ni un día, ni tan siquiera un segundo, en los últimos tiempos? He aquí el caso de mi muy querida Raquel, que ¡hoy cumple años!

No diremos la edad, no solo porque es una indiscreción sino porque, aunque se la dijera, no se lo creerían. Y es que Raquel es una de esas personas que conservan la inocente mirada y  el alma pura de una niña –me van a permitir el tópico, que no el típico-. Cada vez que sonríe, que es siempre, es un regalo para la humanidad, se lo aseguro… Y, dirán, “claro, ¿qué va a decir Raquel, la otra Raquel, o sea, yo..?” Pues nada más que la verdad. Porque conocer a  Raquel es uno de esos lujos que me ha brindado la vida. Así que, compañera de fatigas, ¡muchas, pero que muchas, felicidades!

Créanme desde ya. Estoy segura de que, cuando Raquel lea esto, un rojo fosforescente aparecerá en su cara. Sentirá una de esas vergüenzas incontrolables. Querrá que la tierra la trague. ¡Espero que no me maldiga! Jajajajaja –me hace gracia imaginar qué estará pensando-. Pero es que no podía dejar pasar este día, 9 de mayo de 2012 (nada más y nada menos que el Día de Europa –ejem-) sin hacerle un regalo, incluso en la distancia… Ella, artífice de este blog, siempre recibe mis palabras como un don –dice-. Pues ¿qué mejor forma de felicitarla que con el verbo? ¿No les parece?

Y otro día, y se lo digo de verdad, les hablaré de lo que, para mí, significa la palabra…