Ni la prima de riesgo, ni el Ibex 35, ni el temor a un posible rescate de España, ni las multitudinarias concentraciones conmemorativas del 15-M, privaron ayer a Madrid de disfrutar de un festivo y calurosísimo día de San Isidro, su patrón.

Me decía ayer mi amiga Greta, que pone gran entusiasmo en todo lo que me cuenta sobre esta ciudad y sus gentes, que a San Isidro Labrador, esposo de Santa María de la Cabeza, se le atribuyen varios milagros. Del Santo, cuenta la leyenda, se dice que, gracias a su oración, subieron las aguas de un pozo, al que había caído su hijo y, así, pudo rescatarlo. Y más, a San Isidro, se la atribuye el nada desdeñable milagro de hacer que, mientras rezaba, los Ángeles le ayudaran a arar el campo.

En fin, que yo, que no tenía ni idea de quién era San Isidro ni con qué alegría lo festejan y homenajean los madrileñ@s, ayer, acompañada de Greta y su marido Víctor –para los que nunca tendré suficientes palabras de agradecimiento- tuve ocasión de adentrarme en un castizo e histórico Madrid, muy distinto, a lo que  había conocido hasta el momento.

Anduve, como poco, sorprendida, por la Pradera de San Isidro, junto al Río Manzanares, donde numerosísimas familias disfrutaban de sus picnic, en las acogedoras sombras que ofrecía el terreno. Familias enteras de chulapos y chulapas, disfrutando de copiosas comidas sobre la hierba. Como se ha hecho siempre.  Con sus tortillas de patatas, con sus paellas, con sus chatos de vino, con sus barquillos y, como no podía ser de otra forma, con sus rosquillas de San Isidro. En fin, un gozo para los sentidos.

Ya adentrada la tarde, paseamos, por La Almudena, por el Palacio Real y por el Barrio de las Vistillas –donde se dejaban retratar alegremente simpáticos goyescos y goyescas- hasta llegar al Templo de Debod, un regalo de Egipto a España, en compensación por la ayuda española, tras el llamamiento internacional de la Unesco para salvar los templos de Nubia. Me cuentan mis amigos que, aunque nada tiene que ver con los del Albaicín, los atardeceres son impresionantes. Y, francamente, me lo creo…

Y dirán ustedes, a esta altura del post, que a qué se debe mi título. ¿Verdad? Pues, verán, en medio de nuestra aventura madrileña, y como manda la tradición, nos paramos a tomar unos vinos, acompañados de los mejores mejillones que he probado en mi vida, en el bar de La Paloma, en La Latina. Allí, tuve la fatídica idea de pedir un tinto de verano con Casera blanca ante una anodada y simpática camarera que va tranquilamente, me mira y me suelta “¿y de qué otro color es si no la Casera?”. Estupefacta es como me quedé yo ante aquella pregunta que nunca me había cuestionado y, ante la que, apenas, pude balbucear “pues amarilla, naranja y marrón”. “¿No?” Pregunté avergonzada… Jajajaja. En fin, aquí les lanzo esta reflexión para estos tiempos difíciles. ¿De qué color es la Casera?

Y me pregunto yo, ¿qué no  me quedará por aprender en este Madrid donde los peros de mi tierra, de toda la vida, son manzanas Golden y, cuando no, son “sin embargos”?