Lo confieso. Se lo tengo que contar. Perdónenme. Ayer flipé ¡y mucho! Hacía mucho, pero que mucho, que nada ni nadie me hacía flipar tanto. Aluciné en colores.

-Con esta introducción (imagino) ya tendrán ganas de seguir leyendo, ¿verdad?-

Bien. Les cuento. Ayer retomé mis clases en yoga. Claro que no lo  hice en Monachil, como antaño, ni en Granada, como más antaño aún, ni en Málaga que ¿para qué les voy a contar ya el tiempo que hace?

Ayer, después de mucho buscar –siempre hay que tener cuidado en esto-, comencé mis clases de yoga en Madrid. En una academia que no pinta nada mal. Inicié, para ser más exactos, mis clases de hatha yoga, que,  para los que no lo sepan, es una técnica milenaria que nos ayuda a poner en marcha el libre flujo de la energía, la sangre, el sistema nervioso… de cuerpo y mente, en definitiva –o eso se intenta-. Soy de las que piensa –y estoy convencida- de que el estancamiento de la energía es una de las más importantes causas de la enfermedad física y psíquica. Pues he aquí, que nos hemos puesto manos a la obra.

Que ¿qué es el Hatha yoga? Se preguntarán muchos de ustedes. Pues “yoga” significa “unión”; “ha” proviene de la palabra “sol”; y “tha”, de la palabra “luna”. Hatha yoga…  unión del sol y la luna. ¿No les parece bello?

La experiencia y el tiempo me han demostrado que para practicar esta técnica, no se ha de estar en un perfecto estado de forma. Cualquiera puede practicar Hatha yoga. Cada uno a su ritmo, marcándose sus tiempos, hasta donde dé de sí el cuerpo. Y cada uno sabe sus límites. Estiramientos, diferentes respiraciones, relajaciones… sin duda, ¡apto para todos los públicos!

Recuerdo en Monachil, una señora de más de 80 años (y no les exagero nada),  que practicaba yoga con más pasión y más elasticidad que cualquiera de nosotros. Goza de una salud formidable, se lo puedo asegurar. Y de una vitalidad que ya quisiéramos la mayoría de nosotros. Ella asegura que todo se debe a que lleva entregada al yoga mucho más de la mitad de su vida, lo cual debe hacernos pensar si, de algún modo,  no estaremos equivocados con nuestra ajetreada vida occidental – ¿quizá también accidental?-.

Tal que ayer, me encontré con un grupo integrado por unas diez personas, incluida yo, en una espacioso habitáculo lleno de plantas e impregnado de buen rollo por doquier. Nada más llegar, nos tumbamos para hacer unos ejercicios de respiración. En fin, una vez tumbada y envuelta por un silencio ensordecedor, el profesor nos pidió que, además de respirar acompasadamente, como los bebés, dibujásemos una sonrisa interior… ¡Cuál fue mi sorpresa! ¡Una sonrisa interior! Como cinco minutos, que se me hicieron eternos, intenté hacerme a la idea. Una sonrisa interior, una sonrisa interior… Me repetía una y otra vez. Porque no consistía en imaginar una sonrisa, no, ¡consistía en dibujar una sonrisa interior! Hoy, he amanecido con la sensación de que, sin saber bien lo que es,  es más, sin tener ni puñetera idea, no debo dejar de sonreír interiormente. ¿Encontraré así la paz? “No hay camino para la paz, la paz es el camino”, que decía el gran Mahatma Gandhi.  ¿Me acompañan?