Alrededor del 15% de la población mundial –mil millones de personas- vive con algún tipo de discapacidad. (O mejor, di-capacidad). Seguramente, much@s de los que hipotéticamente formamos parte de ese otro  85% de la población, ignoramos o no somos conscientes, o sencillamente vivimos de espaldas, a  la problemática y a los obstáculos a los que, cada día, se enfrenta este numerosísimo grupo de valientes.

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Momentos como el actual, marcados por una acuciante crisis, se ceban de forma especialmente virulenta con los sectores más vulnerables y con evidentes posibilidades de quedar excluidos de la sociedad. Y es que es fácil cerrar los ojos ante el drama de miles y miles de familias, y no querer ver. Que ojos que no ven, corazón que no siente.

Intensificar los esfuerzos, avanzar en la protección de los derechos, en la inserción socio-laboral y fomentar la calidad de vida de las personas con discapacidad no puede resumirse en una mera declaración de voluntades. La  protección de las personas con discapacidad y sus familias es nuestra obligación. La de tod@s y cada uno de nosotr@s. Y sobre todo, la de quienes democráticamente nos representan. Es una obligación en la que las administraciones públicas no pueden ni deben  recortar.  Derechos irrevocables e innegociables. Sobre todo, innegociables.

Por cada paso que se dio, se han retrocedido otros tantos. En los últimos tiempos, la Ley de Dependencia ha sido diezmada y cuestionada, a golpe de tijera. Y es que esta crisis, que parece no tener fin, se está cebando con quienes más necesitan del apoyo de la sociedad.

Pero hoy, 3 de diciembre, Día Internacional de las Personas con Discapacidad, como cualquier otro, es el día de est@s valientes y de sus cuidadores. Y tod@s ell@s merecen que alcemos nuestras voces al unísono, clamando justicia. Y nada, ni siquiera esta maldita crisis, justifica que mermen nuestros derechos a golpe de mando y tijera. Que el fin no siempre justifica los medios. Que el sí por el sí no siempre vale. Y que actuar impunemente contra quienes más lo necesitan es hoy, más que nunca, abominable.

Que nada ni nadie ahogue nuestra voz.