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Mamá… Rompo mi silencio. Porque tus palabras resuenan en mis entrañas como un eco vacío. Tu huella impregna mi –nuestra- alma. Te fuiste, sí, no dejaste pasar tu tren.  En silencio. Sin balbucear una palabra de dolor… ni de miedo. Te fuiste y nos dejaste desamparados. 31 de diciembre de 2013 y tu ausencia hace mella.

No he podido escribir hasta ahora. No he querido. Cada día, te susurro al oído. Espero inquieta tus llamadas. Por gusto de hablar. Porque, hasta ahora, has sido el aliento de mis días. Porque, hasta ahora, te sueño. Porque, hasta ahora, tengo la firme convicción de que, con tu ausencia, darás sentido a nuestra existencia.

Madre ejemplarizante. Mujer luchadora. Acérrima defensora de la vida, aunque, a veces, te pincharas con sus espigas. Conocedora de tus imperfecciones, luchaste hasta el final de tus días. Y te aferraste a la vida y a la esperanza. Con los tuyos… Nos dejas aquí, tan solos que desgarra y hiere cada poro de nuestra piel. Pero, ahora, estás allí, con todos ellos. Con los que, de verdad, te hicieron soñar algún día. Con los que, alguna vez, te devolvieron los buenos pensamientos. Y, seguro, que ahora a la vida.

Cada día que pasa, dejas más vacío en nuestro corazón. Ya no suena el teléfono, pero me aferro a él, pensando que, algún día, volverá a hacerlo. Presa de tu pensamiento, creo que algún día, será mejor. Pero me cuesta, me cuesta tu ausencia, me duele tu silencio, me rompe saber que ya no estarás aquí para desearme lo mejor.  Soñaste con nuestro futuro y te sentías orgullosa de estos hijos que tanto te necesitan.

Tu muerte es mi dolor. Tu resurrección, donde quiera que estés, mi esperanza. Estés donde estés, mamá, tu vida ha llenado mis días. Tu miedo, tu incertidumbre y, sin embargo, tus ganas de vivir… Tus bailes, tus cervecitas, tus vinitos y tus güisquises… Cada día, brindo -brindamos- a tu salud. Y a la de los que fueron a recibirte aquel 31 de diciembre. A lo grande, como solo tú sabes hacerlo. Ahora, ya no hay dolor.

Madre y padre que fuiste a la vez… Te necesito –te necesitamos-. Cada segundo es tuyo, cada pensamiento, cada palabra, y, sobre todo, tu ausencia.

Mamá, allá, donde quiera que estés, ¡salud!

DEP.

Cuando oí el timbre del teléfono, apenas pude dibujar una sonrisa. Por fin, comenzaba a diluirse en mi recuerdo aquel otro despertar en una sombría noche de invierno, cuando a todos nos sobrecogió el sonido del celular. Casi veinticuatro años después. Volvió a sonar el teléfono, cual canto de vida.
Apenas despuntaba el alba. Y como un timidísimo rayo de luz, comenzaba a abrirse camino un bello y pequeño atisbo de vida. Roto el silencio y templados los nervios, una algarabía contenida que celebraba el nacimiento de un nuevo ser. Comenzaba el alumbramiento de un alma, de una pequeña tabula rasa. Todo un futuro por delante.  Y una vida por escribir.

Aquel 5 de noviembre era viernes. Lucía un sol radiante. Según los periódicos, aquel día del año 2010, Al Qaeda reivindicaba el envío de paquetes explosivos a EEUU; dos periodistas españoles fueron agredidos mientras cubrían un juicio contra activistas saharauis; y el huracán “Tomás” comenzaba a provocar las primeras inundaciones en Haití.

Contracciones de vida se sucedían a lo largo del día. O eso debía de pensar yo. La espera se hacía larga y la ilusión por besar su pequeño rostro crecía segundo a segundo, como crecía la tensión de cuantos allí nos congregábamos. Y, conforme avanzaba el día, créanme, éramos más. Ansiosos todos por intuir el color de sus grandes ojos, por acariciar sus pequeñas manos, y por encontrar esos inhallables parecidos que no nos cansamos de buscar.

Fue a las 19.10 horas del día 5 de noviembre de 2010, cuando rompió en su primer llanto a la vida. Un clamor que, imagino, nunca olvidarán sus felices papás, mi hermano Manolo y mi cuñada Silvia, que tanto deseaban concebir esta nueva vida. Silvia María ya estaba aquí. Con sus tres kilitos, tan blanquita, con unos inmensos ojos ansiosos de descubrir este nuevo mundo al que había llegado, queriendo hablar y aprendiendo a esbozar sus primeras sonrisas.

Silvia María Paiz Torrecillas, la más pequeña de mis princesas, junto a Alba y María, y por las que bebo los vientos.

Así que algún día, pequeña Silvita, cuando dejes de balbucear mi nombre y reconocerme como la “Tita de Memé”, entenderás cuánto sentimiento albergo en estas palabras…

En tu segundo año de vida, ¡muchas, pero que muchas felicidades!